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Un 15 de julio del 56 la ciudad de Mánchester vio nacer a uno de sus más ilustres artistas en los últimos 50 años: Ian Kevin Curtis. Al frente de Joy Division, a finales de los 70 este joven y algo depresivo muchacho le regaló a la historia del rock una obra que, si bien se vio plasmada solo en dos discos, dejó un testimonio de desgarradora honestidad adornada siempre de la lúgubre y oscura atmósfera del pueblo del que salió.

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Discípulo de Bowie, Lou Reed, Iggy Pop y Kafka, Curtis siempre fue de carácter introvertido y hasta sufría de algo de agorafobia. En compañía de 3 chicos que no se destacaban (en aquel tiempo) por su virtuosismo musical pero que tenían mucha pasión: Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris, formó un grupo que, sin darse un cuenta, se convertiría en la personificación sonora de la oscuridad del pueblo de Mánchester: Joy Division. Con su primer álbum, el enigmático Unknown Pleasures, la música de la banda sabría ser un lienzo sobre el cual se pintaba el día a día de los que continuamente caminaban solos por la ciudad, con la débil y fría llovizna cayendo y el sol asomándose solo de vez en cuando, poniéndole un pequeño intérvalo al manto gris que siempre cubría el cielo.

Con su voz de barítono Ian expresaba de una manera brutalmente sincera su personalidad. Profunda, sentida y llena de melancolía, se mezclaba con sus igualmente oscuras letras creando un estilo que serviría de base fundamental para algo que unos años después se llamaría rock gótico. Lamentablemente todo ese dolor tenía una explicación. La relación con su esposa Debbie, con quien ya tenía una hija (hoy fotógrafa) se estaba deteriorando y se había involucrado en un affaire con otra joven llamada Annik Honoré, cuya influencia sobre él era tan grande que hasta casi lo convence de convertirse en vegetariano. Sin embargo, el peor de los males aún estaba por llegar cuando, luego de haber sufrido fuertes convulsiones volviendo de un concierto con sus compañeros, le diagnosticaron epilepsia.

Curtis había tocado fondo y las grietas en su ser se dejaron ver al desnudo en el segundo y tal vez más depresivo trabajo del grupo: Closer. Tanto la atmósfera de las canciones como las palabras salidas del birome de Ian reflejaban la tragedia y el total desinterés por la vida de un hombre que avanzaba con pasos veloces hacia el abismo. Tanto productores como ingenieros de sonido y hasta los mismo Hooky, Bernie y Steve declararon años después que no podían creer que en su momento no advirtieron que la obra de su misterioso frontman en esos últimos tiempos era poco menos que una carta de despedida.

En contraste con el decadente interior de su cantante, Joy Division estaba por empezar a gozar las mieles del éxito gracias al suceso del sencillo «Love Will Tear Us Apart» (frase que yace como inscripción en la tumba de Ian) y estaba preparando su primera gira por Estados Unidos, la tierra de oportunidades con la que todos los rockeros ingleses soñaban, pero no pudo ser. La noche del 18 de mayo de 1980, luego de haber visto una película sobre un atormentado artista que se suicida y haber escuchado The Idiot de su ídolo Iggy Pop, Ian Kevin Curtis se colgó del techo quitándose la vida a la corta edad de 23 años.

Mientras sus antiguos compañeros continuaron sin él bajo el nombre de New Order, transformándose en una banda exitosa a nivel mundial, la obra de Curtis sigue inspirando y cautivando a generaciones de jóvenes solitarios alrededor del mundo que buscan una respuesta que, muchas veces, solo la música de Joy Division les puede dar.

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